Quien escuche sus primeras grabaciones,
se imagina en presencia de un tenorino de grandes aptitudes,
pero lejano todavía del Gardel de sus mejores tiempos.
Tito Schipa fue quien le advirtió
que su voz no era de tenor, sino de barítono.
Así aprendió a impostar
debidamente, extrajo de sus condiciones naturales las mejores
posibilidades, fue modelando y puliendo su voz, como una obra
de arte, hasta dominarla por completo, sin caer en el mero virtuosismo,
ni en el brillo exterior.
Gardel emociona, porque se emociona.
En sus años maduros, hay ya
en su voz esa honda experiencia de lo vivido y lo visto, que
da peso y sentido a todo lo que canta.
Hasta la aparición de Gardel
y fundamentalmente de su versión de Mi Noche Triste en
1917, los tangos comenzaron teniendo meras letrillas, generalmente
cambiantes, pícaras y hasta guarangas, cuando no directamente
escatológicas, que se fueron "adecentando"
con el correr del tiempo y que eran interpretadas, directamente
por el director del conjunto o eventualmente por alguna tonadillera.
Existen primitivas grabaciones que
muestran a Angel Villoldo, Alfredo Gobbi y Lola Membrives, cumpliendo
ese rol.
Pero Gardel inaugura una época
en la que el Tango ya no era sólo una pieza musical específicamente
bailable, con o sin letra, sino que también puede ser
un poema o un sintético cuento, soportado por música
de ritmo definido y característico, interpretado por
un cantante, masculino o femenino.
En estos casos, el soporte musical
estaba dado, generalmente, por dúos o tríos de
guitarras exclusivamente y sin la participación del violín,
del bandoneón ni de la flauta, integrantes obligatorios
de los conjuntos de esa época.
De ese modo Gardel estaba creando,
seguramente sin proponérselo y tal vez sin siquiera advertirlo,
una novedosa y fecunda modalidad, la del Cantor de Tango.
Si Gardel, verdadero Mito y Paradigma
del Tango, necesitara un homenaje especial, valga recordar las
primitivas y precarias condiciones tecnológicas con que
se realizaron sus registros de esos tiempos, ya que sólo
existían medios físicos y acústicos y aún
no se habían inventado los recursos electrónicos
actuales.
Su voz grave, pastosa, sensible y
viril a la vez; esa voz de quien alguien dijo, con razón,
que pertenecía a un hombre que parecía tener "una
lágrima en la garganta", es la auténtica
voz de Buenos Aires, la insustituible e inconfundible voz de
la ciudad que tanto lo amó y desde la que salió
a conquistar el mundo ...